
En ellos parece que no pasa nada, que nada malo puede haber pasado y que somos inmortales, y en cierto modo así lo creo. Creo que sí. Que estaremos siempre juntas porque estás en mis recuerdos, en las anécdotas de la familia, en los cuentos y en las historias que algún día contaremos.
Por ello no lloro. No pienso que me hayas dejado aquí sin despedirnos, ni que estés en ningún otro sitio que no sea en casa, en Naval, en el trabajo o en cualquier otro lugar. No me hago a la idea y creo que no voy a ser capaz de asumirlo nunca, porque no te dije adiós hace 15 días cuando nos despedíamos de la abuela, y ahora creo que tampoco lo podré hacer.
Esto no es una carta de despedida, sino de recuerdo. Una manera de homenajearte. De pensar en ti y no olvidarte. De intentar expresar con letras todo lo que no puedo decirte a la espera de que algún día me contestes.
Solo quiero decirte cómo eras para mí, cómo te veían mis ojos. Creo que eras genial, con una gran fuerza interna capaz de desafiar al mundo entero y salir victoriosa, con tal energía que arrastrabas a todos los que te rodearan hacia ese mundo de diversión y alegría, de sonrisas y momentos bastante emotivos, porque la verdad es que no sólo eras fiestas y más fiestas, siempre ha estado tu lado sensible, el cual te hacía, si cabe, más humana, y creo que no todos lo llegamos a conocer muy bien porque te escudabas en esa coraza de fuerza para no permitir que te hirieran.
Muchas veces te eché la bronca por ser tan crítica contigo misma porque eras única, muy atractiva y arrebatadora, que si lo juntamos con tu personalidad te hacían una femme fatal inigualable.


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