Muchas veces nos proponen hacer un blog, a escribir bitácoras o correos electrónicos. Todo esto no me gusta, y no sólo por el echo de negarme tajantemente a una tarea porque sí, sino porque es algo que considero incompleto.
En clase hablamos del contexto, de las necesidades personales, de las situaciones y de lo que rodea a cada uno de los que estamos por aqui; nos hablan de burbujas, de espacios, de dificultades, de necesidades y relaciones sociales, pero ¿realmente trabajamos esto a través de palabras que están fuera de una situación concreta, donde no vemos a la persona, los gestos, el tono, la mirada con la que lo está diciendo?
Tendremos que prestar más atención a esto, a las paradojas que se producen, a la realidad incompleta que expresamos con estas palabras, la disonancia entre lo que realmente pienso o lo que escribo porque, según dicen, es lo que queda bien y hay que ganar puntos con el profe y la clase.
Con esto no sólo quiero justificar el porqué o el cuándo, sino también el cómo, porque creo que una conversación cara a cara, donde haya una respuesta sincera, en el momento, sin artificios de ninguno de los integrantes de la conversación, donde podamos ver cómo reaccionan y cómo se expresan gestualmente, cómo intentan comprender lo que decimos, nos situamos en un momento común, donde vayamos aclarando los pequeños encontronazos de posturas opuestas y llegar a un consenso, puede ser algo bastante más gratificante que una hoja llena de letras, de palabras que, para mí, pueden tener un sentido, pero que tú interpretas como quieras o buenamente sepas.
He dicho siempre, y seguiré diciendo, que con un café por medio pueden arreglarse muchas de las historias incompletas, de los malentendidos y discursiones que se quedan sin respuesta porque los interesados perdieron el interés por solucionarlo.
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